sábado, 25 de enero de 2014

CALVINISMO Y ARMINIANISMO



El error de una teología torcida que contiene un solo lado de la verdad


C. H. Mackintosh



Hace poco hemos recibido una larga carta que proporciona una muy sorprendente prueba de los desconcertantes efectos de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad, y que pretende ser la verdad completa. Nuestro corresponsal se halla evidentemente bajo la influencia de lo que se denomina «la alta escuela de doctrina» [calvinismo extremo]. En consecuencia, no puede ver lo correcto de llamar a los inconversos a que «vengan», a que «oigan», a que «se arrepientan» o a que «crean». Para él es una pretensión tan imposible como pedir peras al olmo.

Ahora bien, creemos plenamente que la fe es don de Dios, y que ella no es conforme a la voluntad del hombre ni por su poder. Creemos, además, que ninguna alma vendría jamás a Cristo si no fuere atraída —forzada— por la gracia divina a hacerlo; por lo tanto, todos los que son salvos tienen que dar gracias a Dios por su gracia libre y soberana al respecto. Su cántico es, y siempre será: «No a nosotros, oh Señor, no a nosotros, sino a tu Nombre damos gloria, por tu misericordia, y por amor a tu verdad.»

Y nosotros creemos esto, no como parte de un determinado sistema de doctrina, sino como la verdad revelada de Dios. Pero, por otro lado, también creemos, y de igual manera, en la solemne verdad de la responsabilidad moral del hombre, puesto que la Escritura lo enseña claramente, aunque no lo encontremos entre los denominados «cinco puntos de la fe de los escogidos de Dios».

Creemos en estos cinco puntos, hasta donde están escritos; pero distan muchísimo de abarcar toda la fe de los escogidos de Dios. Hay extensas áreas de la revelación divina que ni remotamente son contempladas, y ni siquiera aludidas, por este sistema teológico defectuoso y mal desarrollado. ¿Dónde hallamos el llamamiento celestial? ¿Dónde está la gloriosa verdad de la Iglesia como cuerpo y esposa de Cristo? ¿Dónde está la preciosa esperanza santificadora de la venida de Cristo para recibir a los suyos en el aire? ¿Dónde vemos que el vasto campo de la profecía se abra a la visión de nuestras almas en lo que tan pomposamente ha venido a llamarse «la fe de los escogidos de Dios»? En vano buscaremos la menor traza de ello en todo el sistema con el cual nuestro amigo está vinculado.

Ahora bien, ¿podríamos suponer por un momento que el bendito apóstol Pablo aceptaría como «la fe de los escogidos de Dios» un sistema que excluye el glorioso misterio de la Iglesia de la cual él fue hecho ministro de una manera especial? Supongamos que alguien le hubiera mostrado a Pablo «los cinco puntos» del calvinismo como una declaración de la verdad de Dios, ¿qué habría dicho? ¡¿Qué?! ¡«Toda la verdad de Dios»; «la fe de los escogidos de Dios»; «todo aquello que es esencial para la fe»! ¡Pero ni una sílaba acerca de la verdadera posición de la Iglesia, de su llamamiento, de su esperanza y de sus privilegios!

¡Tampoco se hace ninguna mención del futuro de Israel! Vemos una completa ignorancia o, en el mejor de los casos, un despojamiento de las promesas hechas a Abraham, Isaac, Jacob y David. Las enseñanzas proféticas en su conjunto son relegadas a un sistema espiritualizante o alegorizante —falsamente así llamado— de interpretación, mediante el cual a Israel se lo priva de su propia porción, y los cristianos son rebajados a un nivel terrenal; ¡y esto nos es presentado con la elevada pretensión de ser «la fe de los escogidos de Dios»!

¡Gracias a Dios que ello no es así! Él —bendito sea su Nombre— no se ha confinado dentro de los estrechos límites de ninguna escuela teológica, alta, baja o moderada. Se ha revelado a sí mismo. Ha declarado los profundos y preciosos secretos de su corazón. Ha hecho manifiestos sus eternos consejos con respecto a la Iglesia, a Israel, a los gentiles y a toda la Creación. Los hombres si quieren pueden tratar de confinar el vasto océano dentro de un balde que ellos mismos han formado, de la misma manera que pretenden confinar el vasto rango de la revelación divina dentro de los débiles cercos de los sistemas de teología humanos. No es posible hacer esto, ni se debiera intentar hacerlo. Es muchísimo mejor hacer a un lado los sistemas teológicos y las escuelas de teología, y venir, cual un niño, a la eterna fuente de la Santa Escritura, para beber de ella las vivas enseñanzas del Espíritu de Dios.

Nada es más nocivo para la verdad de Dios, más desecante para el alma ni más subversivo para el crecimiento y el progreso espiritual que la mera teología, ya alta o calvinista, ya baja o arminiana. Es imposible que el alma progrese más allá de los límites del sistema con el que está relacionada. Si se me enseña a considerar «los cinco puntos» como «la fe de los escogidos de Dios», no me interesará mirar más allá de ellos; y entonces un glorioso conjunto de verdades celestiales quedará vedado a mi vista. Resultaré atrofiado y estrecho de miras, con una visión meramente parcial de la verdad. Correré peligro de caer en ese estado de alma frío y entumecido que resulta de estar ocupado con meros puntos de doctrina en vez de estarlo con Cristo.


Un discípulo de la alta escuela de teología —o calvinista— no quiere oír acerca de un Evangelio para el mundo entero; del amor de Dios hacia el mundo; de las buenas nuevas para toda criatura debajo del cielo. Él sólo ha conseguido un Evangelio para los escogidos. Por otra parte, un discípulo de la baja escuela —o arminiana— no quiere oír acerca de la eterna seguridad de los que creen. Su salvación —alegan— depende en parte de Cristo y en parte de ellos mismos. Conforme a este sistema, el cántico de los redimidos debería sufrir una modificación: En lugar de cantar simplemente: «Digno es el Cordero», deberíamos agregar: «Y dignos somos también nosotros.» Podemos ser salvos hoy, y perdernos mañana. Todo esto deshonra a Dios, y priva al cristiano de toda paz verdadera.

Al escribir así no es nuestra intención ofender al lector. Nada estaría más lejos de nuestros pensamientos. No estamos tratando con personas, sino con escuelas de doctrina y sistemas de teología, de los que suplicamos con la mayor vehemencia a nuestros amados lectores que se aparten de una vez para siempre. Ningún sistema teológico contiene la verdad entera, completa, de Dios. Todos, es verdad, contienen ciertos elementos de verdad; pero la verdad siempre resulta anulada por el error; y aun cuando pudiésemos hallar un sistema que, en lo que va de él, no contenga más que la verdad, con todo, si no comprendiera toda la verdad, su efecto sobre el alma es pernicioso, porque conduce a una persona a vanagloriarse de tener toda la verdad de Dios, cuando, en realidad, sólo se ha aferrado a un sistema humano que contiene un solo lado de la verdad.

Además, es raro encontrar un solo discípulo de cualquier escuela de doctrina que pueda enfrentar a la Escritura en su conjunto. Siempre se citarán un determinado número de textos preferidos que se repetirán continuamente; pero no se apropiará de una vasta porción de la Escritura. Tómense, por ejemplo, pasajes tales como los siguientes: “Pero Dios... ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan” (Hechos 17:30). “El cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad” (1.ª Timoteo 2:4). “El Señor... es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2.ª Pedro 3:9). Y, en la última página del inspirado Volumen, leemos: “Y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apocalipsis 21:17).

¿Hemos de tomar estos pasajes tal como están, o hemos de introducir palabras que modifiquen su sentido de manera de adaptarlos a nuestro particular sistema teológico? El hecho es que estos pasajes ponen de manifiesto la grandeza del corazón de Dios, las acciones de su naturaleza de gracia y el vasto aspecto de su amor. No es conforme al amante corazón de Dios que ninguna de sus criaturas perezca. No hay tal cosa en la Escritura como ciertos decretos de Dios que relegan a un determinado número de hombres a la eterna condenación [2] . Algunos pueden ser judicialmente entregados a la ceguera por su deliberado rechazo de la luz (véase Romanos 9:17; Hebreos 6:4-6; 10:26-27; 2.ª Tesalonicenses 2:11-12; 1.ª Pedro 2:8). Pero todos los que perecen, sólo se echarán la culpa a sí mismos; mientras que los que alcanzan el cielo, darán gracias a Dios.

Si hemos de ser enseñados por la Escritura, debemos creer que todo hombre es responsable conforme a su luz. El gentil es responsable de oír la voz de la Creación. El judío es responsable sobre la base de la ley. La cristiandad es responsable sobre la base de una revelación completa que se halla contenida en toda la Palabra de Dios. Si Dios manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan, ¿quiere decir lo que afirma, o se refiere solamente a todos los escogidos? ¿Qué derecho tenemos de agregar, alterar, recortar o acomodar la Palabra de Dios? ¡Ninguno!

Tomemos la Escritura tal como está, y rechacemos todo lo que no pueda resistir la prueba. Bien podemos poner en duda la solidez de un sistema que no es capaz de soportar toda la fuerza de la Palabra de Dios en su conjunto. Si los pasajes de la Escritura parecen contradecirse, sólo lo es a causa de nuestra ignorancia. Reconozcamos humildemente esto, y esperemos en Dios para una mayor luz.  Éste —bien podemos estar seguros de ello— es el firme terreno moral que debemos ocupar. En vez de tratar de reconciliar aparentes discrepancias, inclinémonos a los pies del Maestro y justifiquémosle en todos sus dichos. Así cosecharemos abundantes frutos de bendición, y creceremos en el conocimiento de Dios y de su Palabra en conjunto.

Unos pocos días atrás, un amigo puso en nuestras manos un sermón que había sido predicado recientemente por un eminente clérigo perteneciente a la alta escuela de doctrina. Hemos hallado en este sermón, al igual que en la carta de nuestro corresponsal, los efectos de una teología torcida que muestra un solo lado de la verdad. Por ejemplo, al referirse a esa magnífica declaración de Juan el Bautista, en Juan 1:29, el predicador la cita de la siguiente manera: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado de todo el mundo del elegido pueblo de Dios.»

Pero en el pasaje no se dice ni una sola palabra acerca del «elegido pueblo de Dios». Se refiere a la gran obra propiciatoria de Cristo, en virtud de la cual toda traza de pecado será borrada de toda la creación de Dios. Nosotros veremos la plena aplicación de ese bendito texto de la Escritura solamente en los cielos nuevos y la tierra nueva, en los cuales mora la justicia. Limitar el pasaje al pecado de los escogidos de Dios, sólo puede ser considerado como fruto del prejuicio teológico, que tuerce la verdad.
   


NOTAS

    
[1] N. del T.— En la cristiandad hay dos sistemas teológicos —dos escuelas de pensamiento— antagónicos, que deben su nombre a aquellos que los formularon por primera vez: arminianismo (de Jacobo Arminio, teólogo protestante holandés) y calvinismo (de Juan Calvino, reformador francés). Cada uno cita un grupo selecto de textos bíblicos con el fin de sustentar su postura. El arminianismo afirma, correctamente, que el hombre es responsable de creer para ser salvo, pero, de esa responsabilidad, deduce, erróneamente, que el hombre tiene una capacidad propia dentro de sí para decidir ir a Cristo: el llamado «libre albedrío». Puesto que este sistema hace depender la salvación del llamado «libre albedrío», entiende la soberanía de Dios como un paso inicial de la salvación, pero no como una elección soberana de Dios, independiente de la voluntad del hombre. Sostiene que Dios elige según su presciencia, o sea, elige a los que Él sabe de antemano que habrán de creer en Cristo. Una de las consecuencias funestas de este sistema es que, al hacer depender la salvación de la elección humana, ella se puede perder por ese mismo «libre albedrío». La escuela contraria —el calvinismo— se apoya en otra serie selecta de textos que muestran que la redención completa del hombre depende exclusivamente de la soberanía de Dios, quien elige desde la eternidad a aquellos que habrán de ser salvos, independientemente de su voluntad o conducta, lo cual, hasta ahí, es cierto. Con más o menos variantes en lo que respecta al grupo de personas que no fueron elegidas por Dios desde la eternidad para salvación (los que quedan en un estado de condenación), las escuelas más extremas del calvinismo (a éstas se refiere el autor del presente artículo) deducen erróneamente que el hombre no es responsable de creer. Extendiendo sus deducciones lógicas, el calvinismo extremo crea así una teoría de «reprobación de los incrédulos por el decreto eterno de Dios», y no por la propia responsabilidad de los que se pierden.

No hay comentarios:

Publicar un comentario